#VansBookClub Carolina y otras despedidias de Elvira Liceaga

Dice la RAE que despedida es el acto de despedir, desprender, apartar, desterrar… renunciar.

Existen despedidas tan intensas, que la incisión llega a las tripas, no son mariposas, sino la herida que se abre y supura cada vez que los buenos momentos, los olores, los besos y hasta las tragedias van acomodándose en el pasado, en ese paraíso, el único del que jamás seremos desterrados. Las despedidas duelen porque nos recuerdan, de un modo horrorsamente prolijo, que es inútil tratar de revivir aquellas memorias; que en la renuncia, hay duelo.

No obstante, Elvira Liceaga, Elvis, para sus admiradoress que la siguen desde el momento cero de su trayectoria como locutora de radio, examina, a lo largo de Carolina y otras despedidas editado recientemente por Caballo de Troya, su debut literario conformado por 11 relatos que transcurren alrededor de un melancólico silogismo que parece concluir: no seríamos lo que somos, sin los bocados de renuncias que alimentan nuestros años. Porque las despedidas no son dominio de esos majestuosos finales de las películas adornados con música inolvidable y primeros planos y créditos finales. En la monotonía de la vida real, las despedidas son tan indispensables como respirar. Probablemente no le demos importancia romántica, pero cada que nos despedimos del profesor, del camarada en el cubículo de al lado,  lanzamos un inofensivo ¡hasta luego! al señor de la tienda o la chica que nos sirve el café o al primo que suele aburrirnos en las reuniones familiares, incluso cuando por alguna razón hacemos la señal universal de ¡adiós! con la palma de la mano extendida al horizonte de un completo extraño en el transporte público, hacemos un acto de renuncia, nos desterreamos sin saberlo del todo.

 

Son justo esos instantes de desprendimiento, cuando nos sometemos a la tirana irrevocabilidad de los adioses, y una punzada rasguña el interior del pecho, dónde muchos creen que el alma reposa cuando la banal cotidianeidad satura el pensamiento, los que Elvira extirpa del ritmo de la vida diaria para extrapolarlos a modo de cuentos en cámara lenta, bajo el título de nombres de personas, amigas, niños, tías, indigentes con vocación de salvadores, todos ellos habitantes del redentor infierno de lo común y corriente,  mediante una prosa de tensión sutil y ralentizada, hipnóticamente emocional, como ese ritmo del humo y la ceniza de un cigarro a un par de caladas de extinguirse, que recuerda por momentos la soledad de escritoras como Alice Munro o Lorrie Moore.

 

Un ritmo como el de su propia voz al micrófono cuando se encuentra al frente de un proyecto radiofónico.

Puede ser que Elvis sea un nombre que se asocie casi en automático al espectro del dial, a sus andanzas en La Hora Nacional, su paso por Reactor 105.7 liderando el show de Veo Duendes o recientemente como parte de la parrilla de Radio UNAM, pero en Carolina y otras despedidas, demuestra su concienzuda habilidad para las letras quizás no muy conocida en su base de radioescuchas, para ese género tan intimidante como el cuento en el que la narrativa está sujeta al malabarismo de la brevedad.

 

 

Maternidad en distopía

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